Ana y Mía eran mejores amigas.
Hermosas jóvenes adolescentes dispuestas a comerse el mundo. Buenas notas,
amables con compañeros y profesores. Amadas hijas y hermanas. Un gran porvenir,
ejemplos a seguir. Casi tenían la vida perfecta.
Pero un día todo cambió. Se creyeron
el cuento de que la apariencia es lo más importante, que la delgadez enamora y
que el éxito depende de la talla. El espejo ya no les devolvía la misma imagen.
Esa imagen ahora estaba llena de complejos que solo ellas veían. Ya no
importaban las opiniones de los demás. Empezaron a mentir. Mentían para que no
les hicieran parar. “El resto no lo entiende” se decían.
Ninguna reconocía la realidad que las
consumía. Se empeñaban en no quererse a ellas mismas. Todo eran ataques a su
cuerpo. Cargaban incluso con culpa. Eran víctimas de su propia autoestima.
Ana padecía un rechazo a mantener un
peso corporal por encima del mínimo para su edad y talla, por lo que restringía
la ingesta de alimentos peligrosamente. Y Mía sufría episodios de atracones
compulsivos, provocándose el vómito y ayunando después, hasta que volvía a
sufrir otro episodio de ingesta compulsiva.
Estaban presas de unos cánones de
belleza irreales. Y por seguirlos, perdían su vida. Cuando el resto se dio
cuenta, ya nada podía salvarlas. Nuestra sucia sociedad cavó su
tumba…



